Sobre la amistad (J.L. Martín Descalzo)


No es nada fácil cultivar una amistad. Yo recordaría, al menos, seis pilares sobre los que se apoya cuando es auténtica.
1. En primer lugar, el respeto a lo que el amigo es y como el amigo es.
2. En segundo lugar, la franqueza, que está a media distancia entre la simple confianza y el absurdo descaro. Jesús decía a sus discípulos que ellos eran sus amigos porque les había contado todo cuanto sabía de su Padre. Porque amistad es confidencia; más que simple sinceridad, es intimidad compartida.
3. Y amistad es generosidad, que no tiene nada que ver con la «compra» del amigo a base de regalos, sino con el don de sí mismo.
4. La amistad es también aceptación de fallos.
5. El quinto pilar de la amistad es la imaginación frente a uno de sus mayores peligros: el aburrimiento. Toda verdadera amistad es fecunda en ideas, en saber adelantarse a los gustos del amigo, en saber equilibrar el silencio con la conversación, en descubrir cuándo se consuela con la palabra y cuándo con la simple compañía.
6. Y la sexta columna podría ser la apertura. Una amistad no es algo cerrado entre dos, sino algo abierto al grupo.
Seis columnas que se resumen, al final, en una sola: la amistad es lo contrario del egoísmo. No se asume porque «me» enriquezca, sino porque dos quieren enriquecerse mutuamente en la medida en que cada uno trata de enriquecer al otro. Es una forma de amor. Una de las más altas.
Recuerdo ahora la pregunta que -con ingenuidad y hondura al mismo tiempo- se plantea Santo Tomás en su Suma Teológica: «¿Para la bienaventuranza eterna se requiere la sociedad de los amigos? Es decir: ¿Habría cielo sin ellos?» La respuesta del santo de Aquino es aún más conmovedora: «Para la felicidad perfecta en el cielo no es necesariamente requerida la compañía de los amigos, puesto que el hombre encuentra en Dios la plenitud de su perfección; pero algo hace esa compañía para el bienestar de la felicidad».
Traducido a nuestro lenguaje de hoy, diríamos que los amigos -incluso en la otra vida- serán necesarios para la «buena compostura» del cielo, su compañía será como «el aderezo necesario de la gloria». Esa gloria que fray Luis de Granada interpretaba como una gozosa e interminable tertulia con Dios y con los amigos en torno a él. La amistad -ya lo veis- tiene un alto puesto incluso en la mejor teología.
¡Felices los que saben vivirla y cultivarla!



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