El cielo y el infierno en un plato de arroz

Cierto día, un gran sabio chino pidió a Dios que le permitiera ver cómo era el cielo y el infierno. Para compartir su experiencia con los demás hombres.
Dios decidió mostrarle primero el infierno. Era una sala inmensa con mesas preparadas en las que humeaban, perfumando el ambiente, unos enormes platos de arroz suculento. Alrededor de las mesas se sentaban muchísimas personas. Sin embargo, todos los comensales tenían cara de hambrientos y el rostro demacrado.
Tenían que comer con palillos; pero no podían porque eran unos palillos largos como remos. Por eso, por más que estiraban el brazo, nunca conseguían llevarse nada a la boca. Todo era ira y desesperación.
Conmovido por este espectáculo de ayuno forzado en la abundancia, el sabio fue llevado al cielo y vio, sorprendido, que el paraíso era idéntico al infierno: una amplia sala con mesas preparadas y enormes platos con arroz humeante. Alrededor de las mesas había, también, muchísimas personas. Sin embargo, nadie tenía la cara desencajada; todos los presentes lucían un semblante alegre; respiraban salud y bienestar por los cuatro costados. La diferencia consistía, según pudo ver el sabio, en que cada comensal, en vez de pensar en comer él mismo, daba de comer al comensal que tenía enfrente.
 Alejandro Illescas Molina
Los cuentos de mis homilías
Madrid (Edibesa) 42014, p.237

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